El último tabú inglés…

Harry Potter y Amy Winehouse son realidades demodés. En Inglaterra, el cogollito está ahora en las provincias (esas que terminan en shire) y lo que se lleva es el sexo anónimo al aire libre. Daniel Davies lo revela en su novela La isla de los perros, el éxito incómodo de 2009.

“No es autobiográfica, aunque sí es real”, se apresura a explicar Daniel Davies (Sutton-Coldfield, Reino Unido, 1973). Y es que en Inglaterra —donde su obra La isla de los perros ha sido comparada con American psycho, de Bret Easton Ellis, y el periódico The Guardian se ha referido a ella como la mejor novela británica del año— todo el mundo quiere saber si lo que se cuenta en sus páginas tiene algún parecido con la realidad (y con la del autor, para más señas). El uso de la primera persona en la narración no ayuda a despejar el enigma morboso. “El libro despierta reacciones extremas: la gran celebración o el mutismo. No es mi vida, aunque hay paralelismos entre el narrador y yo: el trabajo en una revista de moda, la desilusión con ese mundo, la vuelta al hogar y el rechazo del tipo de vida pija que lleva, bien pagada y lujosa”, confiesa sonriente.

El protagonista de La isla de los perros, Jeremy Shepherd, sufre una revelación ontológica (al ritmo del Daydream Nation, de Sonic Youth) y decide dar un vuelco a su existencia. Abandona su puesto de editor en una prestigiosa publicación masculina de tendencias en Londres, vuelve al hogar familiar en una provincia de la Inglaterra profunda, obtiene un aburrido funcionario e invierte todas sus energías en una sinfonía multitudinaria de fornicación pública a lo largo y ancho de una variedad inacabable de lugares (aparcamientos de centros comerciales, partes traseras de hospitales, fábricas o pistas de tenis en desuso) y posturas (sobre el capó, misionero, en el asiento trasero) cuyo entramado se conoce como “el circuito”. “Es un término inventado”, apunta Davies, “tiene muchos nombres, pero el hecho es que existe”. Cuando se le pregunta cómo logró una documentación tan detallada, apunta a Internet: “Es increíble la cantidad de información que hay. Y el fenómeno crece ayudado por la Red. Tecleas dogging [sexo heterosexual entre desconocidos en lugares públicos; cancaneo, en argot español] y salen miles de páginas con toda la información. Los códigos que se mencionan en el libro son reales: la forma de comunicarse con las luces de los coches, ventanillas… Son una forma de regularizar una actividad en la que es difícil, de antemano, comunicarse. Es muy sencillo explorar este mundo sin participar en él”.

Si bajo los céspedes de la América suburbana de Blue velvet, David Lynch encontró orejas, pesadillas freudianas y psicópatas inhaladores, Davies bucea en la campiña británica y descubre un submundo habitado por ex estrellas del pop viciosas, refugiados árabes informáticos, parejas extraabiertas, ninfómanas de ojos grises, facherío y un sinfín de impulsos ocultos en e-mails y SMS que se entrelazan en una red de deseo, pasión y exploraciones físicas (con cámaras de vídeo y chantajes incluidos) donde el afecto tiene poca cabida.


El último tabú inglés

“Es un fenómeno que dice mucho de la cultura inglesa. Si quieres escribir acerca de tu país, es muy difícil encontrar una forma nueva de hacerlo. Mi estancia en el extranjero me permitió limpiar mi mirada. Vivía en San Sebastián trabajando de profesor de inglés y leí un artículo en el sitio web de la BBC en el que detallaban cómo Stan Collymore, un afamado futbolista del Liverpool, había sido descubierto practicando el cancaneo. El fenómeno se hizo público. Esta actividad secreta era un mecanismo perfecto para explorar la Inglaterra moderna. Es un acto tremendamente inglés: oculto y discreto. Dice mucho de la vergüenza sexual de los habitantes de mi país. El amor al código es algo muy central en el carácter patrio. Como la hipocresía o el puritanismo”. Achaca su auge a “una reacción contra las cámaras de seguridad, entre otras cosas. Inglaterra tiene la densidad de cámaras de seguridad más alta del mundo por habitante. Crean un ambiente de vigilancia, de espionaje opresivo. En Londres puedes pasar 24 horas paseando por la ciudad y cada segundo hay una grabación de tu movimiento. Existe el deseo de evitar las cámaras, pero también de voyeurismo. Una paradoja extraña: mirar y ser mirado. Junto a la exploración del coche como objeto sexual”. Davies sugiere que esta práctica ha podido ser un trasvase del cruising, el equivalente del dogging en el mundo gay, “de gente que participaba de ambos mundos, movidos por la envidia de la libertad y facilidad con la que ocurría en el universo homosexual”.

Influido por el pesimismo, tono y perspectiva de Houellebecq y el minimalismo del lenguaje de Coetzee, dotado de un envidiable distanciamiento y una irreverente pátina de mala baba, el libro se convierte en una novela metamorfoseada en fábula con un mensaje alejado de la controversia sexual: “Trata del vacío de la vida en un país obsesionado con la fama, del rechazo consciente de Jeremy contra todo eso. Del deseo de una vida más simple como reacción al capitalismo y a la ambición profesional, en un momento en que ésta ya no tiene tanta importancia como antes”.

No exenta de polémica, la novela le trajo algún problema con su novia, cuyos padres son católicos. Cuando su suegro le pidió el libro para leerlo en su club de lectura de la iglesia, tuvo que declinar amablemente la invitación. Y dice que en su trabajo, aún hoy, después de leerla, algunos le miran raro. A saber por qué.

Via: ¡Váyase usted a la mierda! ¡A la mierda!: El último tabú inglés…

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