Monthly Archives: February 2011

Parque decadente

Por Jesús Villaverde Sánchez.

Sunset Park. Paul Auster. Editorial Anagrama. Colección Panorama de Narrativas. 288 páginas. 18’50 €.

La novela de las ausencias. A lo mejor si alguien me viniese ahora y me lanzase el reto de describir Sunset Park en una frasele diría esa. E igual me equivocaría por completo, porque habrá cien mil interpretaciones más, y mejores seguro, que la mía. Pero a mí, durante toda la lectura de su última novela, Auster me dejó el regusto de la ausencia en el paladar.

Miles Heller es un limpiador de casas desahuciadas, tiene veintiocho años y hace casi una década un hecho violento le hizo romper toda la relación que tenía con su familia y huir de Nueva York, ciudad a la que no ha vuelto desde entonces. En los últimos años, además de limpiar los hogares, hace fotografías de todas las cosas abandonadas que encuentra en ellas, con el simple pretexto de documentar gráficamente la certeza de que alguna vez existieron allí familias.

Ahora vive en Florida. Su vida allí se limitaba a trabajar y no acumular recuerdos del pasado ni tener un futuro demasiado definido, pero un día conoció en un parque a Pilar, una joven cubana, mientras los dos leían El gran Gatsby. La chica es menor, lo que complicará un poco su relación, que empieza a cobrar cuerpo. Entonces Miles tendrá un contratiempo con la hermana mayor de Pilar y se verá casi obligado a abandonar Florida hasta que la chica cumpla la mayoría de edad.

El protagonista arrastrará su cuerpo hasta Nueva York, con el peso de la ausencia de Pilar siempre encima, y allí se reunirá con un viejo amigo de la familia, Bing Nathan, que le hará un hueco en la casa que ocupa ilegalmente junto a dos chicas en el barrio de Sunset Park, en Brooklyn.

Entonces Miles descubrirá poco a poco a los personajes de la casa: Alice, una investigadora que se encuentra haciendo una tesis sobre Los mejores años de nuestra vida, Ellen, pintora frustrada, cargada de secretos, que vende casas, y el propio Bing, que trabaja en lo que él llama el Hospital de Objetos Rotos. Cada personaje es presentado con una panorámica perfecta, tanto interior como exterior, y el mundo interior de cada uno cobra una importancia primordial con los monólogos y los capítulos exclusivamente destinados a las reflexiones de todos ellos. Por si fuera poco, el contexto temporal en el que se desarrolla la acción, los primeros años de la actual crisis, ayudan a entender muchas situaciones de la novela.

Además de los personajes de la casa, Miles vuelve a encontrarse en la gran manzana con los fantasmas del pasado, con los que decide que es hora de reconciliarse. Vuelven a su imaginario los recuerdos con su padre, el editor Morris Heller, de cuando él era niño, o el abandono de su madre, Mary-Lee Swann, una actriz que le abandonó con seis meses, casándose con otro hombre, y de los pocos encuentros que tuvieron desde entonces. La madre es un personaje bien hilado desde el principio y que al final sorprende, como la actual mujer de su padre, una extravagante Willa, eminencia universitaria en Londres, que sufre crisis nerviosas, o como el propio marido de su madre.

Todos ellos han permanecido en contacto todo este tiempo que él no ha estado, porque aunque no tengan nada que ver, entre ellos aún desfila un hecho ocurrido hace unos años. Desde entonces Bobby, el hijo de Willa, y Miles son dos ausencias para ellos.

La novela comienza con mucho ritmo, en uno de los mejores principios del autor en toda su obra. La presentación del personaje es perfecta y culmina con la narración del hecho terrible ocurrido con Bobby. Después el ritmo decae algo, aunque la historia no pierde nada de fuelle y continúa sorprendiendo con alguno de los giros hasta el último revés, quizás algo más tardío de lo que se podía esperar, aunque muy revelador para el final de la historia.

Son muy destacables los tramos en los que el padre o el propio Miles recuerdan, cada uno desde su posición solitaria, pasajes que vivieron juntos, como sus conversaciones de beisbol o los almuerzos que tenían lugar junto a Bobby en aquel bar de mala muerte. Por momentos la escritura de Sunset Park nos trae a la memoria La invención de la soledad, otro hito del neoyorquino. También es interesante el seguimiento de los personajes a través de un hilo casi invisible como es la película Los mejores años de nuestra vida, con la que todos acaban entablando algún tipo de vínculo.

Auster vuelve a deleitarnos con una novela en la que se preocupa por la sociedad, por los derechos humanos como deja claro con el caso de Lu Xiaobo en el que trabaja Alice en la organización PEN. Y retorna el americano con una visión de pesimismo latente respecto a la ausencia y a la soledad, que vuelve a seducirnos con un catálogo de elementos muy propios de Auster, que casi podríamos archivar ya como austerianos, como el fotógrafo de cosas abandonadas o el Hospital de Objetos Rotos, que rememoran, por ejemplificar a simple vista, a la Bella y Perfecta Madre o al Hotel Existencia de Brooklyn Follies.

Una historia muy recomendable y que desprende humanidad por todos sus pliegues. Otra vez podemos leer a un Paul Auster que fija su ritmo de publicación en una novela por año, y que se erige como uno de los cronistas de Brooklyn más afamados de nuestra época, algo así como “el Woody Allen de la literatura”.

Via: Parque decadente
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‘Patagonia Express’, de Luis Sepúlveda

Patagonia Express de Luis Sepúlveda. Barcelona, Tusquets Editores. 178 pp., 7.95€.

Por Robert Sendra.

“Uno es de donde mejor se siente”, repite varias veces el escritor chileno Luis Sepúlveda en su colección de relatos Patagonia Express, como homenaje a los viajes, a los movimientos migratorios que comparten personas y animales y que enriquecen pueblos y tradiciones. El autor, un trotamundos devoto, publicó en 1995 su largo viaje tanto geográfico como interior que lo llevó a conocer la Patagonia chilena y argentina y toda América del Sur hasta reencontrarse con sus orígenes españoles. En su octava edición, los relatos regresan una vez más de la mano de Tusquets Editores con la misma sinceridad y el mismo latido vivencial de antaño. Aunque está compuesto por un mosaico de historias algo disperso, el alma del libro transmite un mensaje muy claro y coherente que permite la unidad de una novela: la reivindicación del viaje como forma de conocerse a uno mismo.

Como toda aventura, el viaje de Sepúlveda empieza con las ideas, concretamente con un libro, el de Así se templó el acero de Nikolái Ostrovsky, que le entrega su abuelo y lo colma de pensamientos socialistas, lo que le valdrá la cárcel tras el golpe de estado de Augusto Pinochet en 1973. El destierro es el único viaje de Patagonia Express que no es voluntario. El resto de trayectos del libro, que se emprenden en ferrocarriles, avionetas o camiones indistintamente, llevan a Sepúlveda a conocer muchos pueblos, casas y bares de Patagonia. El sitio más austral del mundo, protegido por las inclemencias meteorológicas, constituye una guarida perfecta para que convivan desde pilotos temerarios hasta locutores radiofónicos que pretenden informar y comunicar a los patagones entre sí, familias acaudaladas que buscan casar a sus solteras o relegados políticos de la dictadura de Pinochet.

Con la voz discreta y a veces incluso pasiva de un narrador en primera persona, Sepúlveda va impregnándose de todas estas historias que vive en su propia piel o que escucha en los bares con olor a asado y en las calles. Todo ello conforma un mundo rebosante de vida, en ocasiones encantadoramente ingenuo, que recupera el gusto por la tradición oral y que devuelve su valor a las historias e, incluso, a las mentiras. “En esta tierra mentimos para ser felices. Pero ninguno de nosotros confunde la mentira con el engaño”, asegura el personaje de uno de los relatos en una clara defensa de la ficción. Los ladrones de bancos Butch Cassidy y Sundance Kid que acabaron refugiándose en Patagonia representan a lo largo del libro este aire legendario que cubre el fin del mundo y que permite ensalzar valores como la amistad o el ecologismo.

Como todo viaje, por largo que sea, la aventura de Patagonia Express acaba llegando a su punto de destino, que no deja de ser el mismo que el de partida: uno mismo, aunque con muchos kilómetros y experiencias de distancia.

Via: ‘Patagonia Express’, de Luis Sepúlveda

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