Parque decadente

Por Jesús Villaverde Sánchez.

Sunset Park. Paul Auster. Editorial Anagrama. Colección Panorama de Narrativas. 288 páginas. 18’50 €.

La novela de las ausencias. A lo mejor si alguien me viniese ahora y me lanzase el reto de describir Sunset Park en una frasele diría esa. E igual me equivocaría por completo, porque habrá cien mil interpretaciones más, y mejores seguro, que la mía. Pero a mí, durante toda la lectura de su última novela, Auster me dejó el regusto de la ausencia en el paladar.

Miles Heller es un limpiador de casas desahuciadas, tiene veintiocho años y hace casi una década un hecho violento le hizo romper toda la relación que tenía con su familia y huir de Nueva York, ciudad a la que no ha vuelto desde entonces. En los últimos años, además de limpiar los hogares, hace fotografías de todas las cosas abandonadas que encuentra en ellas, con el simple pretexto de documentar gráficamente la certeza de que alguna vez existieron allí familias.

Ahora vive en Florida. Su vida allí se limitaba a trabajar y no acumular recuerdos del pasado ni tener un futuro demasiado definido, pero un día conoció en un parque a Pilar, una joven cubana, mientras los dos leían El gran Gatsby. La chica es menor, lo que complicará un poco su relación, que empieza a cobrar cuerpo. Entonces Miles tendrá un contratiempo con la hermana mayor de Pilar y se verá casi obligado a abandonar Florida hasta que la chica cumpla la mayoría de edad.

El protagonista arrastrará su cuerpo hasta Nueva York, con el peso de la ausencia de Pilar siempre encima, y allí se reunirá con un viejo amigo de la familia, Bing Nathan, que le hará un hueco en la casa que ocupa ilegalmente junto a dos chicas en el barrio de Sunset Park, en Brooklyn.

Entonces Miles descubrirá poco a poco a los personajes de la casa: Alice, una investigadora que se encuentra haciendo una tesis sobre Los mejores años de nuestra vida, Ellen, pintora frustrada, cargada de secretos, que vende casas, y el propio Bing, que trabaja en lo que él llama el Hospital de Objetos Rotos. Cada personaje es presentado con una panorámica perfecta, tanto interior como exterior, y el mundo interior de cada uno cobra una importancia primordial con los monólogos y los capítulos exclusivamente destinados a las reflexiones de todos ellos. Por si fuera poco, el contexto temporal en el que se desarrolla la acción, los primeros años de la actual crisis, ayudan a entender muchas situaciones de la novela.

Además de los personajes de la casa, Miles vuelve a encontrarse en la gran manzana con los fantasmas del pasado, con los que decide que es hora de reconciliarse. Vuelven a su imaginario los recuerdos con su padre, el editor Morris Heller, de cuando él era niño, o el abandono de su madre, Mary-Lee Swann, una actriz que le abandonó con seis meses, casándose con otro hombre, y de los pocos encuentros que tuvieron desde entonces. La madre es un personaje bien hilado desde el principio y que al final sorprende, como la actual mujer de su padre, una extravagante Willa, eminencia universitaria en Londres, que sufre crisis nerviosas, o como el propio marido de su madre.

Todos ellos han permanecido en contacto todo este tiempo que él no ha estado, porque aunque no tengan nada que ver, entre ellos aún desfila un hecho ocurrido hace unos años. Desde entonces Bobby, el hijo de Willa, y Miles son dos ausencias para ellos.

La novela comienza con mucho ritmo, en uno de los mejores principios del autor en toda su obra. La presentación del personaje es perfecta y culmina con la narración del hecho terrible ocurrido con Bobby. Después el ritmo decae algo, aunque la historia no pierde nada de fuelle y continúa sorprendiendo con alguno de los giros hasta el último revés, quizás algo más tardío de lo que se podía esperar, aunque muy revelador para el final de la historia.

Son muy destacables los tramos en los que el padre o el propio Miles recuerdan, cada uno desde su posición solitaria, pasajes que vivieron juntos, como sus conversaciones de beisbol o los almuerzos que tenían lugar junto a Bobby en aquel bar de mala muerte. Por momentos la escritura de Sunset Park nos trae a la memoria La invención de la soledad, otro hito del neoyorquino. También es interesante el seguimiento de los personajes a través de un hilo casi invisible como es la película Los mejores años de nuestra vida, con la que todos acaban entablando algún tipo de vínculo.

Auster vuelve a deleitarnos con una novela en la que se preocupa por la sociedad, por los derechos humanos como deja claro con el caso de Lu Xiaobo en el que trabaja Alice en la organización PEN. Y retorna el americano con una visión de pesimismo latente respecto a la ausencia y a la soledad, que vuelve a seducirnos con un catálogo de elementos muy propios de Auster, que casi podríamos archivar ya como austerianos, como el fotógrafo de cosas abandonadas o el Hospital de Objetos Rotos, que rememoran, por ejemplificar a simple vista, a la Bella y Perfecta Madre o al Hotel Existencia de Brooklyn Follies.

Una historia muy recomendable y que desprende humanidad por todos sus pliegues. Otra vez podemos leer a un Paul Auster que fija su ritmo de publicación en una novela por año, y que se erige como uno de los cronistas de Brooklyn más afamados de nuestra época, algo así como “el Woody Allen de la literatura”.

Via: Parque decadente

‘Patagonia Express’, de Luis Sepúlveda

Patagonia Express de Luis Sepúlveda. Barcelona, Tusquets Editores. 178 pp., 7.95€.

Por Robert Sendra.

“Uno es de donde mejor se siente”, repite varias veces el escritor chileno Luis Sepúlveda en su colección de relatos Patagonia Express, como homenaje a los viajes, a los movimientos migratorios que comparten personas y animales y que enriquecen pueblos y tradiciones. El autor, un trotamundos devoto, publicó en 1995 su largo viaje tanto geográfico como interior que lo llevó a conocer la Patagonia chilena y argentina y toda América del Sur hasta reencontrarse con sus orígenes españoles. En su octava edición, los relatos regresan una vez más de la mano de Tusquets Editores con la misma sinceridad y el mismo latido vivencial de antaño. Aunque está compuesto por un mosaico de historias algo disperso, el alma del libro transmite un mensaje muy claro y coherente que permite la unidad de una novela: la reivindicación del viaje como forma de conocerse a uno mismo.

Como toda aventura, el viaje de Sepúlveda empieza con las ideas, concretamente con un libro, el de Así se templó el acero de Nikolái Ostrovsky, que le entrega su abuelo y lo colma de pensamientos socialistas, lo que le valdrá la cárcel tras el golpe de estado de Augusto Pinochet en 1973. El destierro es el único viaje de Patagonia Express que no es voluntario. El resto de trayectos del libro, que se emprenden en ferrocarriles, avionetas o camiones indistintamente, llevan a Sepúlveda a conocer muchos pueblos, casas y bares de Patagonia. El sitio más austral del mundo, protegido por las inclemencias meteorológicas, constituye una guarida perfecta para que convivan desde pilotos temerarios hasta locutores radiofónicos que pretenden informar y comunicar a los patagones entre sí, familias acaudaladas que buscan casar a sus solteras o relegados políticos de la dictadura de Pinochet.

Con la voz discreta y a veces incluso pasiva de un narrador en primera persona, Sepúlveda va impregnándose de todas estas historias que vive en su propia piel o que escucha en los bares con olor a asado y en las calles. Todo ello conforma un mundo rebosante de vida, en ocasiones encantadoramente ingenuo, que recupera el gusto por la tradición oral y que devuelve su valor a las historias e, incluso, a las mentiras. “En esta tierra mentimos para ser felices. Pero ninguno de nosotros confunde la mentira con el engaño”, asegura el personaje de uno de los relatos en una clara defensa de la ficción. Los ladrones de bancos Butch Cassidy y Sundance Kid que acabaron refugiándose en Patagonia representan a lo largo del libro este aire legendario que cubre el fin del mundo y que permite ensalzar valores como la amistad o el ecologismo.

Como todo viaje, por largo que sea, la aventura de Patagonia Express acaba llegando a su punto de destino, que no deja de ser el mismo que el de partida: uno mismo, aunque con muchos kilómetros y experiencias de distancia.

Via: ‘Patagonia Express’, de Luis Sepúlveda

'Mi montaña' ganadora del XII Premio Desnivel de Literatura

Presentación del libro en Logroño: martes, 30 de noviembre, en el Instituto Riojano de la Juventud (C/ Muro de la Mata, 8).

*EIDER ELIZEGI (Lasarte —Guipúzcoa—, 1976). Después de impartir clases particulares y de aficionarse al atletismo de fondo, descubrió la montaña y ascendió a numerosos picos de los Pirineos y los Alpes. «Dejé mi trabajo fijo y mi piso de alquiler, regalé todos mis libros y, con mi furgoneta convertida en mi casita móvil, me volví vagamontañas», explica. Ha publicado la novela Mi montaña (2010; Premio Desnivel de Literatura).

Via: ‘Mi montaña’ ganadora del XII Premio Desnivel de Literatura

“Oráculo manual y arte de prudencia”, Baltasar Gracián

El Oráculo manual es una obra absolutamente original en el panorama literario de finales de la primera mitad del siglo XVII. Impreso en un volumen de reducido tamaño, con facilidad para traerlo entre las manos, encontramos en esta obra graciana normas de comportamiento que permiten el triunfo moral en la vida cotidiana. Y todo ello desde una forma nueva: el aforismo. En los trescientos que componen el Oráculo expone Gracián un saber eminentemente práctico. Toda la sabiduría, la inteligencia, el discurso lo cifra Gracián en salir airoso de cualquier situación y en manejarse con sultura en la vida cotidiana. Gracián es maestro en indicarnos cómo regular el trato con los demás y en cómo hay que relacionarse con quien se pueda aprender, con quien pueda contrarrestar algunos excesos o con quien se pueda sacar beneficio. Un texto a veces difícil que requiere la activa e inteligente colaboración del lector para establecer sus propias conclusiones.

Te dejamos uno de los consejos de Gracián, publicados en Cátedra:

«8. Hombre inapassionable, prenda de la mayor alteza de ánimo. Su misma superioridad le redime de la sugeción a peregrinas vulgares impressiones. No ai mayor señorío que el de sí mismo, de sus afectos, que llega a ser triunfo del alvedrío. Y quando la passión ocupare lo personal, no se atreva al oficio, y menos quanto fuere más: culto modo de aorrar disgustos, y aun de atajar para la reputación».

Via: “Oráculo manual y arte de prudencia”, Baltasar Gracián

Breve testimonio de una mirada, de Ana Vega

Breve testimonio de una mirada
Ana Vega

Por Alberto García-Teresa

Una escritura profundamente dolorida, desoladora e incómoda es la que construye este Breve testimonio de una mirada, el segundo libro de Ana Vega.

«Nada. / Nada alrededor» es uno de sus más expresivos versos, que revelan el tono general de este pequeño poemario: «el dolor lo engulle todo».

Los versos están compuestos de oraciones brevísimas que constituyen fogonazos, descripciones físicas y anímicas acerca de esa soledad. Se obtiene así una gran contundencia, mediante la yuxtaposición de sintagmas nominales que aportan información.

En muchas poemas, se deriva esta situación del desamor, de la ruptura amorosa. De este modo, si en su poderoso El cuaderno griego el dolor era más existencial, aquí se incorpora esta esfera.

En ocasiones, se cuela la melancolía, la evocación de instantes de plenitud entre la devastación, pero es la desolación quien prima en los textos («derrotas, sobretodo») y una densa atmósfera de ausencia.

Se manifiesta entonces, de esta manera, el choque entre el deseo y su irrealización, y también el miedo a culminarlo: «me ha dado vértigo / verte tan cerca». En esa línea, se registra una mayor presencia de lo carnal, que contrasta con las imágenes de frío y devastación que lo rodean: «una mujer sitiada por el escombro». Muchas veces, de hecho, se manifiestan en un espacio cerrado y cercano, como un habitación o una casa.

Por tanto, Ana Vega entrega una nueva serie de poemas que prosiguen su estética, incorporando aspectos nuevos (no se encuentran, por ejemplo, en esta ocasión poemas en prosa), con los que logra un poemario de gran unidad y que mantiene una gran intensidad a lo largo de todas sus páginas.


Breve testimonio de una mirada

Ana Vega
48 páginas
Amargord, 2010
ISBN: 978-84-92560-60-8

www.edicionesamargord.com
www.albertogarciateresa.com

http://amargordcandela.blogspot.com

Via: Breve testimonio de una mirada, de Ana Vega

Libro: El camino de Levante

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El camino de Levante
El samurái del rey 1
O camiño de Levante
Marcos Calveiro
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Ilustraciones de Ramón Trigo
Edita Edelvives
197 páginas
1ª edición, 2010
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En 1614 una misión japonesa recala en España, invitada por el rey Felipe III, antes de viajar a Roma para ser recibidos por el Papa.
Sebastián Corcovado vive recluido en Sevilla, en casa del señor donde trabaja su madre adoptiva. Apenas sale por miedo a las burlas de la gente. En una de sus pocas escapadas, conoce al joven pintor Diego Velázquez, del que se hace amigo, así como a una bella esclava, Marcela, maltratada por su amo y de la que se enamora. Sebastián decide liberar a su joven amada, y cuenta con la ayuda de Diego y uno de los samuráis, Tomás Felipe, a quien conoció por casualidad cuando salió en defensa de Sebastián acosado por unos ladrones.
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Oí en la radio a alguien que recomendaba este libro, no recuerdo quién era, lo más probable es que fuera Sagrario Fernández Prieto en el programa de César Vidal pero no pondría la mano en el fuego.
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Es el primero de una serie protagonizada por Tomás Felipe, el samurái del rey que se queda en Sevilla.
El original se editó en gallego, no sé si con las ilustraciones de Ramón Trigo, muy buenas, que parecen sencillas pero de eso nada.

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El libro de Marcos Calveiro me ha sabido a poco, esperaba más, se queda en un dejar caer los personajes para que los conozcamos y ya veremos en la siguiente aventura.
Pues eso, ya veremos.

Via: Afotostresdetres: Libro: El camino de Levante

Ana María Matute: Literatura, literatura y literatura

Por Alfredo Llopico.

Ana María Matute (Barcelona, 26 de julio de 1925), considerada unánimemente una de las voces más personales de la literatura española del siglo XX por la calidad y originalidad de su obra, así como la mejor novelista de la posguerra española, viene de nuevo este miércoles a la Fundación Caja Castellón para participar en el ciclo de charlas-coloquio “Condición Literal”. Su intervención, que como no podía ser de otro modo, responde al título de “Literatura, literatura y literatura” tendrá lugar excepcionalmente en el marco del Teatro Principal de Castellón.

La vida de Ana María Matute nunca ha sido fácil, ni en la niñez, carente de cariño, ni en la plenitud de la edad, cuando era una mujer triunfante cuyo nombre llegó a barajarse para el Premio Nobel. A la condición de mujer pionera de la literatura justo en unos tiempos en los que el mundo literario y editorial era propiedad de los hombres, hay que añadir graves problemas personales, pérdidas y depresiones que la silenciaron durante años. “El sufrimiento enseña”, afirmó, “pero sólo si sobrevives; porque lo malo es que el sufrimiento suele matar”. Ella supo sobrevivir, y ha renacido ahora de las cenizas. La inocencia que hoy exhibe es un logro de la voluntad, una reconquista para una escritora de éxito y prestigio.

Ana María Matute

Ana María fue la segunda de cinco hijos de una familia perteneciente a la pequeña burguesía catalana, conservadora y religiosa. Durante su niñez vivió un tiempo considerable en Madrid, aunque curiosamente muy pocas de sus historias hablen sobre sus experiencias vividas en la capital de España. Posiblemente porque a los cuatro años, al caer gravemente enferma, fue a vivir con sus abuelos a Mansilla de la Sierra, un pequeño pueblo en las montañas riojanas cuyas gentes, en palabras de la propia Matute, le influenciarían profundamente, como queda evidente en Historias de la Artámila de 1961.

A los diez años comenzó la Guerra Civil Española. La violencia, el odio, la muerte, la miseria, la angustia y la extrema pobreza que siguieron a este conflicto bélico marcaron hondamente su persona y su narrativa. La de Matute es la infancia de una niña robada y marcada por el trauma de la guerra, por las consecuencias psicológicas del conflicto y de la posguerra. Así lo podemos ver reflejado en sus primeras obras literarias centradas en los “los niños asombrados que veían y, muy a pesar suyo, tenían que entender los sinsentidos que les rodeaban”.

Escribe su primera novela Pequeño Teatro a los 17 años de edad, pero fue publicada 11 años más tarde. Desde finales de los años cuarenta y durante los cincuenta y sesenta, Matute fue una prolífica escritora y además, muy premiada. Sus novelas y relatos como Los Abel (1948), Fiesta al noroeste (1952), Los hijos muertos (1958) y Primera memoria (1959) guardaban una crítica soterrada hacia el franquismo. A pesar ello, ganó el Premio Nadal, el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa. La única que no pasó la censura fue la novela Luciérnagas (1949), que no llegó a las librerías hasta 1993.

En los setenta, después de publicar La torre vigía, dejó de escribir. En 1963 se había separado de su marido, Ramón Eugenio de Goicoechea, y debido a las leyes franquistas perdió la custodia de su hijo, lo que le provocó problemas emocionales.

En 1976 fue propuesta para el Premio Nobel de Literatura. Después de varios años de gran silencio narrativo, en 1984 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil con la obra Sólo un pie descalzo. En 1996 publica Olvidado Rey Gudú, es elegida académica de la Real Academia Española de la Lengua donde ocupa el asiento K y se convierte en la tercera mujer aceptada dentro de ésta en los últimos 300 años. En 2010 fue distinguida con el Premio Cervantes, el más importante galardón de las letras en español.

Afirma la escritora Juana Salabert que “a veces, muy pocas, ocurre que llegamos a amar a un autor tanto como a sus textos”. Por su parte Onetti dice que “hay mujeres que nunca terminan de matar a la muchacha que llevan dentro”. Y ella, Ana María Matute, grande entre los grandes en el país de las palabras y uno de los seres más inteligentes, divertidos y entrañables que nos han sido dados a conocer, se ha salvado del maleficio de la edad y de cualquier clase de engolamiento, sin duda porque no ha perdido nunca su inmensa capacidad de curiosidad. Tal vez por eso, sus personajes, a lo largo y ancho de una espléndida obra sin fisuras, operándose entre la falsa dicotomía de lo fantástico y lo real, son a veces videntes pese a sí mismos, como uno es siempre escritor contra, y a favor de sí mimo, en un intento reiterado en cada libro de ganarle la partida a la temida palabra fin.

Via: Ana María Matute: Literatura, literatura y literatura

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